Volver al Comienzo: Regresar al Primer Amor con Dios.

Hay un llamado urgente que el Espíritu Santo sigue haciendo a Su pueblo en cada generación: volver al comienzo. No se trata de avanzar a algo nuevo, sino de regresar a lo esencial, a lo puro, a lo que un día encendió nuestro corazón por Dios. El problema no es que hayamos dejado de creer, sino que hemos aprendido a caminar sin arder.

En Apocalipsis 2:4–5, el Señor confronta a la iglesia de Éfeso con palabras que aún hoy estremecen:

“Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras…”

Éfeso era una iglesia activa, doctrinalmente firme, perseverante. Sin embargo, Jesús no elogió su actividad, confrontó su corazón. Habían reemplazado la intimidad por la rutina, la pasión por el deber, la comunión por el cumplimiento. El primer amor no se pierde de golpe; se deja poco a poco, cuando dejamos de cuidar la relación y comenzamos a acostumbrarnos a la distancia.

El Señor no dice: “has perdido”, dice: “has dejado”. Es una decisión silenciosa, gradual, pero peligrosa. Cuando dejamos el primer amor, seguimos cantando, sirviendo, predicando… pero sin lágrimas, sin temor, sin asombro. Seguimos cerca de las cosas de Dios, pero lejos del corazón de Dios.

Jeremías 2:2 revela cómo Dios recuerda ese comienzo:

“Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando andabas en pos de mí…”

Dios recuerda cuando lo seguíamos sin reservas, cuando confiábamos sin entender, cuando obedecíamos sin negociar. Él recuerda un amor sencillo, vulnerable, dependiente. El problema no es que Dios haya cambiado; somos nosotros los que hemos madurado en conocimiento, pero nos hemos enfriado en devoción.

Volver al comienzo implica algo incómodo: recordar de dónde caímos. Recordar cómo orábamos, cómo llorábamos en Su presencia, cómo Su Palabra nos confrontaba y nos transformaba. Recordar cuando Su voz era suficiente y Su presencia era nuestro mayor anhelo. No para vivir de nostalgia, sino para despertar conciencia.

La Escritura da tres instrucciones claras: recuerda, arrepiéntete y vuelve a las primeras obras. El arrepentimiento no es solo por pecados visibles, sino por la frialdad, por la autosuficiencia espiritual, por haber aprendido a vivir sin dependencia diaria del Espíritu Santo. Arrepentirse es admitir: “Señor, he hecho muchas cosas para Ti, pero he descuidado estar contigo”.

Las primeras obras no eran grandes ministerios ni plataformas; eran tiempos a solas con Dios, obediencia inmediata, hambre por Su Palabra y reverencia por Su presencia. Volver al comienzo es volver al altar, al lugar secreto, al quebrantamiento genuino.

El clamor del salmista en Salmos 85:6 sigue siendo el clamor de esta generación:


“¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?”

No pedimos algo nuevo, pedimos vida. Vida espiritual. Fuego. Sensibilidad. Gozo santo. No hay verdadero avivamiento sin un regreso al primer amor. Dios no aviva corazones que no reconocen su sequedad.

Este mensaje no es de condenación, es de advertencia y esperanza. Jesús no abandona a la iglesia, la llama a volver. Él sigue de pie, con los brazos abiertos, esperando que regresemos al lugar donde todo comenzó. El primer amor no está perdido, está descuidado. Y lo que se descuida puede restaurarse.

Hoy el Espíritu Santo nos confronta con una pregunta honesta:


¿Seguimos amando a Dios como al principio… o solo seguimos acostumbrados a Su presencia?

Volver al comienzo es volver a vivir. Es volver a rendirse. Es volver a arder. Y el Señor sigue diciendo:

“Recuerda… arrepiéntete… y vuelve”.

Hoy es el día de regresar a cuentas con Dios. Hoy es el día de volver al primer amor.

David Calvo Castro

Copastor

Centro Cristiano de Grecia

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