En las últimas semanas he estado reflexionando mucho sobre la fidelidad de Dios y la manera tan hermosa en que Él guía a su pueblo. Hace unas semanas estuvimos en el Campamento “Desconectados” y hoy mi corazón se llena de gratitud al ver cómo el Señor ha estado obrando en medio de nosotros y confirmando una misma dirección una y otra vez.
Como Ministerio de Jóvenes, hemos vivido meses en los que Dios nos ha estado hablando con claridad acerca de aprender a descansar en Él, confiar en Sus tiempos y reconocer que nuestra esperanza no puede estar en nuestras propias fuerzas, sino únicamente en su presencia y en sus promesas. En diferentes momentos, oraciones, reuniones y conversaciones, el Señor ha traído este mismo mensaje a nuestros corazones como equipo de trabajo.
Por eso, en el culto del domingo 7 de junio, hubo algo que personalmente me impactó mucho. Mientras escuchábamos la prédica de Fanny, podía percibir cómo Dios seguía confirmando lo que ya venía trabajando en nosotros. Pero al final del mensaje ocurrió algo que me marcó de una manera especial: el versículo que ella utilizó para concluir fue precisamente Salmo 62:5 “Que todo mi ser espere en silencio delante de Dios, porque en él está mi Esperanza”. Este fue también el versículo lema del campamento que ya había pasado unos días antes.
Para algunos podría parecer una coincidencia, pero para mí fue una confirmación más de que cuando Dios quiere dirigir a su pueblo, Él habla de muchas maneras, pero siempre hacia una misma verdad. Fue como escuchar nuevamente al Señor decirnos: “No corran, no pongan su confianza en sus propias capacidades, aprendan a descansar en mí”.
Debo confesar que este mensaje ha sido especialmente desafiante en mi vida personal. Siempre me ha costado detenerme. Vivimos en una cultura que nos enseña a movernos rápido, a buscar resultados inmediatos y a querer que las cosas sucedan según nuestros planes y en nuestros tiempos. Y creo que, en muchas ocasiones y sin darnos cuenta, trasladamos esa misma mentalidad a nuestra relación con Dios.
Sin embargo, durante el tiempo de ayuno y oración previo al campamento, el Señor comenzó a tratar conmigo de una manera muy particular. Más que mostrarme algo que debía hacer, me enseñó algo que necesitaba aprender: detenerme y guardar silencio. Detenerme para escuchar, detenerme para esperar, detenerme simplemente para disfrutar de Su presencia.
Recordemos las palabras del Salmo 46:10: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”. Muchas veces buscamos dirección, respuestas o soluciones, cuando antes de todo eso Dios desea que aprendamos a permanecer con Él.
Durante estos meses hemos aprendido algo que quizás parece sencillo, pero que constantemente pasamos por alto, esta vez dejamos el espacio para que el Señor transformara nuestra perspectiva, descubrimos el gozo de estar en la presencia de Dios sin prisa, sin una lista de peticiones urgente, sin la necesidad de obtener algo inmediatamente, solamente permaneciendo con Él.
Y creo que este es un aprendizaje que no solo necesitábamos los jóvenes, sino toda la iglesia. En medio de un mundo acelerado, Dios sigue llamando a sus hijos a reposar. Él sigue invitándonos a confiar cuando no entendemos los procesos, sigue recordándonos que nuestra esperanza no está en las circunstancias, en nuestros recursos o en nuestros planes, sino en Él.
El campamento terminó, pero ese mensaje continúa resonando en mi corazón y estoy segura que, también, en el de muchos de los jóvenes que participaron. Dios ha sido más que bueno, ha sido fiel y nos ha guiado con bondad, paciencia y amor. Y estoy convencida de que seguirá haciéndolo mientras mantengamos nuestros ojos puestos en Él.
Mi oración es que cada uno de nosotros pueda hacer suyas las palabras del salmista:
Que todo mi ser espere en silencio delante de Dios, porque en él está mi esperanza.
Aprendamos a esperar en el Señor, a confiar en sus tiempos y a encontrar en su presencia el descanso que tanto necesita nuestra alma.
Con cariño,
Yariela Castro Picado
Ministerio de Jóvenes