“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.” — Proverbios 4:23
Imagine una montaña de la cual brota un río del que un pueblo debe tomar agua; si ese río se ensucia, todo el pueblo se quedaría sin ese recurso vital. Ese río es usted, es su corazón. Si ese corazón se ensucia, se ensucia toda su vida.
Este proverbio nos da el consejo protector del Padre, donde nos dice: “Guarda tu corazón porque de ahí nace toda su vida”.
Como seres humanos, tendemos a cuidarlo todo: la familia, la casa, nuestro cuerpo y el dinero, pero no nos enseñan a cuidar nuestro corazón.
Dejamos que las cosas del pasado sigan cargándonos, crecemos creyendo en palabras hirientes que nos dijeron hace tiempo, cargamos con la ansiedad y las carreras del día a día, y, poco a poco, vamos llenando nuestro ser de heridas que guardamos en silencio.
Sin darnos cuenta, ese corazón empieza a apagarse.
¿Qué significa realmente guardar el corazón?
Guardar el corazón no es volvernos fríos o de piedra para que nada ni nadie nos lastime; eso es lo que comúnmente se cree que es mejor para evitar sentir; sin embargo, eso no es cuidarlo, es cerrarlo, y al final nos va a doler más. Por eso el Señor nos da versículos como Ezequiel 11:19, donde nos enseña que Él cambiará el corazón de piedra por uno de carne:
“Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne.”
- No es aislamiento: Guardar el corazón significa que debemos dejar entrar y sanar.
- Es limpieza activa: Significa sanar, perdonar, limpiar y hacerlo con gratitud.
- Es identidad: Es recordar que su valor no cambia por lo que digan las demás personas de usted o por haber tenido un día difícil.
El Señor lo hizo a usted para ser un medio de amor, paz y luz para los demás. Cuando su corazón está en paz, todo lo que sale de su interior hacia el prójimo (palabras, abrazos, decisiones) se convierte en un refugio para las otras personas.
Su corazón debe ser el tesoro más importante que tiene. Aunque de niño no se lo hayan enseñado, aprenda a cuidar de él y a ponerlo como una prioridad. Mírese con compasión, respire profundo y cuide ese motor de su vivir. Protéjalo con amor, con gracia y deje que refleje lo que el Señor le ha dado.
Recuerde siempre que de él mana la vida.
Con amor,
Marisol Miranda
Ministerio de Adolescentes