Este año, al igual que en años anteriores, he atravesado una serie de situaciones que me han llevado a enfrentar momentos profundamente difíciles. Han sido procesos que han tocado áreas muy sensibles de mi vida: mi familia, mi economía, mi salud mental y, de manera muy especial, mi vida espiritual. Momentos en los que me sentí cansada, confundida y con muchas preguntas delante de Dios.
Durante todo ese tiempo, nunca dejé de asistir a la iglesia ni de servirle. Estuve presente, seguí sirviendo y buscando a Dios, pero en mi corazón había una lucha constante. Yo esperaba que las cosas cambiaran a mi alrededor: que las personas cambiaran, que las circunstancias mejoraran, que los problemas se resolvieran. Sin embargo, nada parecía transformarse; por el contrario, las dificultades se volvían más intensas.
Este año, en particular, enfrenté uno de los procesos más dolorosos de mi vida: la separación de mi matrimonio. En medio de ese quebranto recibí muchos consejos y palabras de apoyo de hermanos que Dios usó para sostenerme. Pero hubo una frase que marcó profundamente mi caminar. Una amiga muy querida me dijo: “Amiga, muchas veces nosotras también debemos cambiar”. En ese momento asentí, pero no comprendía aún todo lo que esa palabra implicaba.
Por mucho tiempo yo esperaba que otros cambiaran o que las situaciones que me rodeaban fueran diferentes, sin entender que Dios estaba trabajando primero en mí. Proverbios 4:23 dice: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”. El Señor comenzó a mostrarme que el cambio que yo tanto esperaba no estaba afuera, sino dentro de mi corazón.
Después de esa conversación, fui a Dios en oración y le pedí que me ayudara a cambiar, que quitara de mí todo aquello que no le agradaba. Pero entendí que no bastaba solo con pedir; debía decidir obedecer. Santiago 1:22 nos exhorta: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañados a vosotros mismos”. Dios estaba dispuesto a obrar, pero yo debía dar pasos de fe.
Lo primero que cambié fue mi relación con Dios. Dejé de acercarme a Él únicamente para pedirle que resolviera mis problemas y comencé a buscarlo de manera genuina, con un corazón rendido. Aprendí a soltar cargas, a dejar de darle más importancia a mis circunstancias que a la presencia de Dios. Decidí aferrarme a la fe y confiar en que Él tiene el control.
Fue entonces cuando Mateo 6:33 cobró un significado real en mi vida: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Buscar primero el reino no significa ignorar los problemas, sino dejar de vivir dominada por ellos y poner a Dios en el centro.
Las situaciones no desaparecieron de inmediato. No todo se resolvió como yo esperaba. Pero algo sí cambió: ya no soy la misma persona enfrentando las mismas circunstancias. Romanos 12:2 dice: “No os conforméis a este siglo por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.
He visto la misericordia de Dios a lo largo de este año. He sentido Su cuidado aún en los momentos más silenciosos y difíciles. Salmos 34:19 nos recuerda: “Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová”.
Hoy entiendo que muchas veces esperamos que todo cambie para tener paz, cuando en realidad la paz llega cuando confiamos en Dios en medio del proceso. Isaías 26:3 dice: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”.
Sí, muchas veces esperamos que todo cambie para tener paz y en realidad la paz llega cuando permitimos que Dios nos transforme en medio del proceso. No siempre podemos controlar lo que sucede a nuestro alrededor, pero sí podemos decidir rendir nuestro corazón a Dios y dejarnos moldear por Él.
Antes de terminar este año, quiero invitar a cada uno de nosotros a hacer una pausa y examinar nuestro corazón delante de Dios. Preguntarnos con sinceridad si estamos esperando que otros cambien, que las circunstancias mejoren o será que Dios está esperando que seamos nosotros quienes demos el paso de transformación. Que no tengamos miedo de pedirle al Señor que nos muestre aquello que necesita ser corregido, sanado o rendido. Dios no revela para condenar, sino para restaurar. Cuando examinamos nuestro corazón con humildad, le damos permiso a Dios para hacer Su obra en nosotros y guiarnos hacia Su perfecta voluntad.
“Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón;
pruébame y conoce mis pensamientos;
y ve si hay en mí camino de perversidad,
y guíame en el camino eterno.”
Salmos 139:23–24
Con amor,
Yenifer Castillo Q.
Ministerio Escuela Bíblica.